domingo, 3 de noviembre de 2013

La ilusion de comprender

La ilusión de comprender
Medido en  tiempo evolutivo,  lo más moderno que tenemos los seres humanos en el cerebro es la capacidad de decidir, a menudo  denominada  capacidad de razonar. Frecuentemente, en las sociedades libres de occidente,  en la biografía personal de cada ciudadano,  se presentan no menos de seis grandes oportunidades sistémicas para decidir.
Luis Bárcenas y José Ignacio Goirigolzarri son dos buenos ciudadanos occidentales  cuyas seis grandes decisiones vitales  reflejan,  en su biografía, la presencia de la capacidad de razonar; decidieron estudiar  una carrera universitaria, decidieron casarse con mujeres, decidieron practican el catolicismo, decidieron votan a uno de los dos grandes partidos, decidieron comprarse un piso y decidieron la empresa en la que querían hacer su carrera profesional.
La mayoría de la gente se pasa la vida intentando ser como los demás, por eso las decisiones de Luis y José Ignacio,  aunque tomadas en la soledad y la soberanía íntima del neocortex son  compartidas por más del 80% de los ciudadanos españoles. Es frecuente que las  grandes decisiones de los individuos sean  perfiladas por los mecanismos culturales de coerción que en forma de amplios consensos  sociales, presionan   para arrancar un “si quiero”  a cada uno de nosotros, a cambio de la respetabilidad y la estulticia de ser un miembro de la tribu, como los demás.
Pocos individuos y en pocas circunstancias  toman decisiones que se apartan del consenso social. Decir NO, es una de las grandes cosas que permiten, a sus ciudadanos,  las sociedades occidentales. Rafael Ojeda Rojas  y Tomas Gómez, son dos ejemplos, modestos,  de individuos que supieron decir NO, a sus jefes, a la mayoría social que les rodeaba, y sobre todo a lo que de ellos se esperaba. En circunstancias biográficas similares Miguel Rafael Martos y Esperanza Aguirre siempre dijeron SI, que es lo que de ellos esperaban los de su tribu, aunque de esta forma hicieron un uso sub-optimo de aquello que, evolutivamente ,nos hace más humanos, la capacidad de decidir.
La capacidad de decidir  o capacidad de razonar de los humanos, a menudo está fuertemente sesgada por una  parte de nuestra biología mas anticuada (en términos evolutivos)  que reclama  resultados inmediatos frente   a los deseos y  apetitos. De esta manera, es frecuente que tomemos decisiones en corto, desechando deliberada o inconscientemente  el análisis de las consecuencias a largo plazo de las mismas.
Los humanos tenemos un fuerte deseo de estar en lo cierto y de tener opiniones correctas,  por eso los contemporáneos  suelen juzgar  negativamente el decir NO. Para  Falete y Tomas guardamos la incomodidad y la desazón que nos producen los  que sugieren  que nuestras acciones y opiniones pudieran estar equivocadas,  incomodando el aburrimiento rutinario  de nuestra homeostasis social. Para Esperanza y Raphael sin embargo tenemos el cariño que reservamos para los que  nos acompañan y  nos entretienen  con el propósito compartido de hacer más superficiales e inanes los años que nos quedan de vida. Por eso  es más valioso decidir No que decidir SI, ya que al decir No rompemos las expectativas y las proyecciones que los que nos rodean tienen sobre nosotros (y sobre ellos mismos).
El cerebro  nos manipula  a través de castigos y recompensas, aunque con una  ligera cantidad mayor de recompensas, cuyo objetivo la supervivencia de la carne en un estado de suave bienestar. La naturaleza nos ha hecho  que prefiramos un flujo constante de recompensas  frecuentes, y esto también influye en como tomamos decisiones. El  proceso de toma de decisiones comienza con una “simulación” del resultado de escoger una u otra opción. Esto es lo que Antonio Damasio denomina “estados como si”. Algunos individuos, son capaces con la ayuda de la simulación “como si” de lograr una cosa extraordinaria, que es confundir al cerebro más primitivo (el que exige recompensas inmediatas) dándole el cambiazo con  con recompensas aplazadas en el tiempo, no inmediatas.
Forzar al cerebro con una decisión placentera a futuro, comúnmente lleva aparejado  un sufrimiento en el presente, y no es frecuente ni suele gozar de apoyos sociales en ninguna cultura. El proceso de decisión  conlleva una simulación en imágenes dentro del cerebro de las consecuencias de ambas conductas y consume una enorme cantidad de energía cerebral (atención),  en un órgano (el cerebro) que siempre está tratando de ahorrar energía cognitiva.
Uno de los objetivos centrales del cerebro es mantener un elevado concepto de nuestra identidad personal. Por eso, “el logro aplazado”, los procesos  en los que se cambia sufrimiento presente por placer futuro, son  relativamente frecuentes en  aquellos individuos o grupos de individuos con identidades, vividas subjetivamente bajo amenaza.  La producción recurrente  de decisiones atípicas, que cambian  sufrimiento presente por placer futuro  produce individuos con un sobre rendimiento  para la sociedad en la que viven. Una gran parte de los artistas, los científicos y los héroes anónimos de las sociedades occidentales tiene este origen.
Al contrario no es muy probable encontrar es te tipo de individuos y decisiones entre los buenos ciudadanos, que como Luis Bárcenas o José Ignacio Goirigolzarri,  toman sus  grandes decisiones sistémicas (para ellos) al amparo de los consensos sociales del momento, y que por más que los titulares de prensa se empeñen en lo contrario, contribuyen a hacer más superficiales, rutinarios  e inanes los años que nos quedan de vida.



Fernando Alvarez-Baron  Rodríguez

No hay comentarios:

Publicar un comentario