La droga más potente que haya inventado la humanidad
Contarnos historias y relatos de ficción es el medio
general de influencia recíproca de los
seres humanos. En el siglo IX, Sherezade
llego al extremo de doblegar con sus ficciones a un macabro asesino en serie,
el sultán Shariar, redimiéndole de
su vesania y salvándose ella misma. En
el siglo XX otro genio de la narrativa fue Benjamín
Murmelstein, el presidente del Consejo Judío del campo de
Theresienstadt que fue capaz de inventar
durante años historias para persuadir a Heydrich de la necesidad de conservar una colonia judía modelo en el corazón de la Alemania nazi.
Los cuentos y las historias tienen muchísima más fuerza que
las ideas y los seres humanos creen cualquier cosa que se les cuente, siempre
que el relator lo haga con el suficiente aplomo y desfachatez, como cuando los padres cuentan los cuentos a los hijos.
Sherezade, la musa de Las Mil y Una
Noches, se salvó con sus relatos, siendo la desgraciada precursora de otras
musas como Eva Braun, Clara Petacci o Leni Riefenstahl. Por su parte, el
virtuosismo narrativo de Benjamín Murmelstein
para con los jerarcas nazis, le salvo la vida, pero le condeno a seguir
siendo un errante judío de la diáspora,
que nunca llegó a conocer el Estado de Israel.
Ser padres normalmente escapa al razonamiento e incluso a la conciencia del
individuo, y es, sin embargo, un éxito de la especie. Los padres de casi todo
el mundo utilizan con profusión los cuentos podridos de Sherezade o de los Hermanos Grimm para adiestrar, de una forma profesional, a sus vástagos,
en la idea de que la vida es coherente y carece de ambigüedades. A diferencia
de la historia de Sor Roxana Rodríguez y su hijo
Francisco, la inmensa mayoría de las biografías de los padres y madres del mundo
carecen de interés, por eso existe un mercado globalizado de cuentos
para niños que los adultos utilizan masivamente, porque abarata enormemente el desgaste narrativo de los progenitores.
Según vamos avanzando en el conocimiento del cerebro humano
parece más claro que se trata de un equipo de rivales que compiten por
apropiarse del resultado final, que es
nuestro comportamiento. David Eagleman
llega a comparar al cerebro con las democracias occidentales pues están
compuestos por múltiples expertos que se
solapan y defienden opciones distintas (para el comportamiento). La actividad
por defecto del cerebro humano, cuando no tenemos otra ocupación, es contarse historias. Nuestros storytellings
, dirigidos a nosotros mismos, tienen como finalidad crear nuestra sensación de
identidad personal y dar una coherencia
exagerada, a la sucesión de comportamientos manipulados superficiales y arbitrarios que conforman
nuestro quehacer diario.
Somos seres que limitan con el mundo por una membrana que
nos contiene, la piel, la misión
principal de nuestro órgano de control, el cerebro, es la supervivencia. Como la vida grupal tiene enormes ventajas,
los cerebros de la especie han
evolucionado para sacar el máximo partido del grupo sin que el grupo lo expulse por hacer dumping.
Nuestra vida es la de un funambulista haciendo equilibrios sobre una cuerda en
el circo. Nos gobierna un “equipo de rivales” llamado cerebro que, para sobrevivir, depende de otros
cerebros, que también sobreviven en equilibrio
inestable sobre una cuerda. Las
historias que nos contamos, mientras hacemos equilibrios, tienen como
finalidad dar coherencia a “nuestro
equipo de rivales” y recubrir de coherencia
nuestra ambigua relación de “amor odio” con todos los que nos rodean en el
circo.
Parece ser que el
departamento de propaganda se halla ubicado en el hemisferio izquierdo del cerebro , y su forma de trabajar produciendo historias es
frecuentemente un tanto fascistoide, no muy diferente a la metodología empleada por Joseph Goebbels y sus esbirros. Esto no nos debería sorprender, al fin y al
cabo los padres de Hansel y Gretel merecían ser llevados ante la Corte Penal
Internacional de la Haya, y la huerfanita
cursi de Cenicienta merecería
haber tenido un padre amarillo de ojos rasgados y micropene como Cecil
Chao Sze-Tsung.
La respuesta del cerebro por defecto es la sinceridad, pero
la sinceridad como norma hace inviable cualquier agrupamiento social como la
familia, la monogamia, la empresa o la
misa dominical. Por eso la evolución humana
a diferencia de los animales desarrolló el lenguaje, para permitir la vida social
en grupo. Con las palabras, y su
manifestación más excelsa las historias,
podemos mentir y de esta forma
sobrevivir a nuestros iguales,
obteniendo el máximo de los otros, dando el mínimo de nosotros. Así entendemos a Salman
Rushdie cuando nos dice que las palabras constituyen la droga más potente
jamás inventada por la humanidad.
Fernando Álvarez-Barón