sábado, 1 de febrero de 2014

La droga más potente que haya inventado la humanidad

La droga más potente que haya inventado la humanidad
Contarnos historias y relatos de ficción es el medio general  de influencia recíproca de los seres humanos. En el siglo IX, Sherezade llego al extremo de doblegar con sus ficciones a un macabro asesino en serie, el sultán Shariar, redimiéndole de su vesania y salvándose ella misma.  En el siglo XX otro genio de la narrativa fue Benjamín Murmelstein, el presidente del Consejo Judío del campo de Theresienstadt  que fue capaz de inventar durante  años  historias para persuadir a Heydrich  de la necesidad de conservar  una colonia judía modelo en  el corazón de la  Alemania nazi.
Los cuentos y las historias tienen muchísima más fuerza que las ideas y los seres humanos creen cualquier cosa que se les cuente, siempre que el relator lo haga con el suficiente aplomo y desfachatez, como cuando  los padres cuentan los cuentos a los hijos. Sherezade, la musa de Las Mil y Una Noches, se salvó con sus relatos, siendo la desgraciada precursora de otras musas como  Eva Braun, Clara Petacci o Leni Riefenstahl. Por su parte, el virtuosismo narrativo de  Benjamín  Murmelstein  para con los jerarcas nazis, le salvo la vida, pero le condeno a seguir siendo un errante  judío de la diáspora, que nunca llegó a conocer el Estado de Israel.
Ser padres normalmente escapa  al razonamiento e incluso a la conciencia del individuo, y es, sin embargo, un éxito de la especie. Los padres de casi todo el mundo utilizan con profusión los cuentos podridos de  Sherezade o de los Hermanos Grimm para adiestrar, de una forma profesional, a sus vástagos, en la idea de que la vida es coherente y carece de ambigüedades. A diferencia de la historia  de Sor Roxana Rodríguez y su hijo Francisco, la inmensa mayoría de las biografías de los padres y madres  del mundo  carecen de interés, por eso existe un mercado globalizado de cuentos para niños que los adultos utilizan masivamente,  porque abarata enormemente el  desgaste narrativo de los progenitores.
Según vamos avanzando en el conocimiento del cerebro humano parece más claro que se trata de un equipo de rivales que compiten por apropiarse  del resultado final, que es nuestro comportamiento. David Eagleman llega a comparar al cerebro con las democracias occidentales pues están compuestos por múltiples expertos  que se solapan y defienden opciones distintas (para el comportamiento). La actividad por defecto del cerebro humano, cuando no tenemos otra ocupación,  es contarse historias. Nuestros storytellings , dirigidos a nosotros mismos, tienen como finalidad crear nuestra sensación de identidad personal  y dar una coherencia exagerada, a la sucesión de comportamientos manipulados  superficiales y arbitrarios que conforman nuestro quehacer diario.
Somos seres que limitan con el mundo por una membrana que nos contiene, la piel, la  misión principal de nuestro órgano de control, el cerebro, es la supervivencia.  Como la vida grupal tiene enormes ventajas, los cerebros de la especie  han evolucionado para sacar el máximo partido del grupo sin que el grupo lo  expulse por hacer  dumping. Nuestra vida es la de un funambulista haciendo equilibrios sobre una cuerda en el circo.  Nos gobierna un “equipo de rivales” llamado cerebro  que, para sobrevivir, depende de otros cerebros,  que también sobreviven en equilibrio inestable sobre una cuerda.  Las historias que nos contamos, mientras hacemos equilibrios, tienen como finalidad  dar coherencia a “nuestro equipo de rivales” y recubrir de  coherencia nuestra ambigua relación de “amor odio” con todos los que nos rodean en el circo.
Parece ser que  el departamento de propaganda se halla ubicado en  el hemisferio izquierdo del cerebro ,  y su forma de trabajar produciendo historias es frecuentemente un tanto fascistoide,  no  muy diferente  a la metodología empleada  por  Joseph Goebbels  y sus esbirros.  Esto no nos debería sorprender, al fin y al cabo los padres de Hansel y Gretel  merecían ser llevados ante la Corte Penal Internacional de la Haya, y la huerfanita  cursi de Cenicienta merecería haber tenido un padre amarillo de ojos rasgados y micropene  como Cecil Chao Sze-Tsung.
La respuesta del cerebro por defecto es la sinceridad, pero la sinceridad como norma hace inviable cualquier agrupamiento social como la familia, la monogamia,  la empresa o la misa dominical. Por eso  la evolución humana a diferencia de los animales desarrolló el lenguaje, para permitir la vida social en grupo.  Con las palabras, y su manifestación más excelsa las historias,  podemos mentir y de esta forma  sobrevivir  a nuestros iguales, obteniendo el máximo de los otros, dando el mínimo de nosotros. Así  entendemos a  Salman Rushdie cuando nos dice que las palabras constituyen la droga más potente jamás inventada por la humanidad.



Fernando Álvarez-Barón